Dicen
las Crónicas que, procedentes del Africa lejana, llegaron
a la ciudad de Alcalá cincuenta jinetes en cincuenta
briosos corceles blancos, caballeros de profesión cristiana
que se decían descendientes de godos y a los que llamaban
Farfanes. Ejercitados a la manera de la milicia africana, dominaban
la destreza de volver y revolver los caballos con toda gentileza,
en saltar con ellos, en correrlos, en apearse y jugar de las
lanzas y todo el espectáculo a sueldo del Rey de Marruecos.
Próximo
a aquel lugar, quiso el Rey Nuestro Señor Juan de Castilla,
un domingo 9 de octubre de 1390, después de misa, ver
lo que hacían tales caballeros y salió al campo
acompañado de sus Grandes y Cortesanos, en caballo muy
hermoso y lozano. Antojósele de correr una carrera, arrímole
las espuelas, corrió por campos recién labrados,
tropezó el caballo en los surcos desiguales y cayó
al suelo con tanta furia que quebrantó al rey, que no
era muy recio ni muy sano, de guisa que a la hora rindió
el alma.
No
hay bienandanza que dure, ni alegría que presto no se
mude en contrario, decían entristecidas las gentes cortesanas
de la ciudad de Palencia, cuando de tan horrible noticia se
enteraron. Todavía estaba fresco en sus mentes el recuerdo
de las pomposas fiestas que tuvieron lugar en esta ciudad con
motivo de los esponsales del llamado Príncipe de Asturias,
designación que ensalzaba por vez primera al heredero
de la corona castellana.
Dicen
también las crónicas que esta boda fue, como otras
de aquella época, de exclusivo interés real, buscando
en ella que el sosiego y la ansiada paz llegaran a las martirizadas
tierras castellanas. Disturbios y guerras no cesaron durante
todo el reinado de Juan I y quizás, cansado este Rey
de las disputas a que daba lugar la legalidad de la reinante
casa Trastamara, acosado y agobiado por el inglés duque
de Lancaster, tomó una decisión salomónica.
Ideó un enlace conveniente a los dos bandos en litigio
a la corona castellana y casar a su hijo heredero Enrique, con
la representante de la rama legitimista aspirante al trono:
doña Catalina de Lancaster, nieta del rey asesinado Don
Pedro I, llamado el Cruel, en cuya persona los legalistas veían
al heredero legítimo de la corona.
Firmó
un tratado que se llamó de Bayona, de excesivas condiciones
económicas a favor de los ingleses, que llenó
de impuestos y empobreció los campos castellanos. Concedió
pueblos y ciudades y muchas cosas más, pero en su pensamiento
estaba todavía cercana la derrota de Aljubarrota, donde
tantos nobles castellanos murieron, y por ello, a cambio de
tanta humillación, consiguió cesar el temido rumor
de las armas.
Y
un día del avanzado verano del año de 1388, un
Príncipe de 10 años de edad, flaco y endeble,
que fue llamado el Doliente, acompañado de su novia,
una dama de 14 años “mucho fea, que tanto parescie
home como mujer”, entraron en aquella Iglesia Catedral,
para ser declarados marido y mujer, por la puerta de El Salvador
que la gente ya conoce con el nombre de Puerta de los Novios.
No
sospechaban entonces que poco tiempo después, a pesar
de su juventud, la tragedia les llevaría a colocar precipitadamente
sobre sus sienes, el dorado peso de la corona castellana.
José Herrero Vallejo
Paredes de Nava