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La mirada de la lechuza
El ruiseñor ya cantaba en los zarzales y las golondrinas cortejaban la torre de la colegiata de S. Miguel mientras la tierra alumbraba amapolas, aquileas, margaritas y rosas; y las nubes, las nieblas y las nieves reposaban en sus elevadas mansiones en las cumbres de los majestuosos Picos de Europa: Había llegado la primavera.
En la cúspide de la gran roca, la joven águila, que se disponía a emprender su primer vuelo, contempló a sus pies la geometría fácil y fértil de los surcos y la intensidad cromática de los campos de cereal, cuyos mimbres mecidos por el viento formaban como un oleaje de brasas brillantes; luego paseó su mirada por los caserones de piedra de Aguilar. Aquél pueblo era el corazón de su mundo, extendido hasta donde alcanzaba su mirada penetrante. Por el oriente el formidable monte Bernorio, al norte los impresionantes Picos de Europa y por occidente el farallón calizo de las Tuerces con sus rocas encantadas y los ojos negros de sus cuevas; y en el centro, Aguilar, cuyo nombre evocaba, según le dijeron orgullosas las viejas águilas , su vuelo majestuoso.
En las largas noches del duro invierno la contaban que en tiempos antiguos, Aguilar era como una isla en medio de un mar de campos de trigo y que, cuando las espigas doradas y en sazón se inclinaban hacia la tierra seca y dura que hubo que arar y arar, los labradores segaban con hoces afiladas los trigales amarillos y agavillaban con mimo las espigas que después, en las frescas alboradas, las yuntas de vacas acarreaban durante horas y horas a las eras; y luego, en las eras, que entonces estaban justo debajo de la gran peña en la que las águilas anidaban, las vacas arrastraban pacientemente el trillo, en un sinfín de vueltas y vueltas que no llevaban a ninguna parte y después a beldar, para separar el trigo de la paja con la ayuda del viento que sopla inmisericorde desde las cumbres heladas de las montañas.
Pero donde estuvieron las eras, se erguía ahora la vieja iglesia románica de S. Andrés, destino del primer vuelo del aguilucho, al que sus sillares de piedra le parecía que habían encogido como si un cíclope gigantesco hubiese alejado el templo de la gran peña en que anidaban las águilas. Esa tarde el aire olía a galleta y vainilla, mejor, volaría a favor de viento. Sintiendo la mirada de todas las águilas en su nuca, tomó impulso con sus nervudas garras y se lanzó al vacío. Mientras descendía, fijó su mirada en la airosa espadaña y se dejó llevar por el viento gélido de las cumbres. A punto de llegar se acordó de su madre, diciéndole que cuando sus garras se tiñesen con el color gris de los álamos del río y su pico fuese negro como el carbón de las minas de Orbó, también ella podría planear sobre las altas montañas como sus hermanas mayores. Pero no era momento de distraerse, giró con fuerza el ala izquierda y se posó suavemente en uno de los vanos de la espadaña.
Antes de emprender un nuevo vuelo, tenía que recuperar fuerzas y seguir moviendo lentamente las alas. Fue entonces cuando descubrió a la lechuza, que desde el capitel derecho del ábside de la iglesia, la miraba fijamente con aquellos ojos redondos, grandes y misteriosos. Le pareció una mirada triste y melancólica, así que se posó sobre el capitel izquierdo y le preguntó si necesitaba ayuda; la lechuza contestó que era de piedra y que llevaba más de novecientos años allí esculpida, aunque antes la iglesia estaba en la ladera del castillo-fortaleza, y que hacía solo unos cien años que les trasladaron a la orilla del río, al socallo de la Peña Aguilón. -- Aquí hace menos frío- le dijo - y algunas veces hasta se oye el rumor del agua y el murmullo de las hojas de los chopos batidas por el cierzo. --Sin embargo pareces triste y como aburrida. --Has de saber, joven águila, que durante cientos de años este lugar estuvo lleno de luces y debajo de mí se arrodillaban caballeros con armaduras de plata, condes vestidos con trajes de seda y oro frisado, cubiertos de armiños mosqueteados y orlados de piedras preciosas; hermosas damas vestidas con trajes de tisú de plata, ornados de bandas y traveseros de hilo de oro; a veces las trompetas y atabales sonaban tan fuertes que ni truenos ni estruendo ninguno se hubiera aquí podido oir. Todavía recuerdo el canto del Te Deum Laudamus que tan bien entonaba el conde obispo de la Pernía. He escuchado rezar por lo menos a tres reyes de Castilla y blasfemar ¡Dios mío¡ a otro muy fiero al que llamaban Pedro “el Cruel” . Pero el momento más dramático y aterrador lo sentí cuando D.Tello, el Señor de Aguilar, de Castañeda, de Lara y de Vizcaya, irrumpió en la iglesia con un tropel de hombres a caballo y dio muerte a dos caballeros de la Orden de Calatrava.
Ahora estoy un poco triste y muy aburrida dijo la rapaz de piedra, por que estos últimos años estoy muy sola. Además donde antes había alfombras de Damasco y cojines de terciopelo y oro, ahora hay basura , suciedad y abandono; las arquivoltas y baquetones del pórtico se están cayendo y por si fuera poco, unos niños a pedradas me han quebrantado una ceja. Ya nadie me escucha; de cuando en cuando hablo con un maduro caballero, de porte formal y barba cana, bueno, no sé con certeza si es un caballero por que su montura no es equina, sino mecánica, un artilugio que llaman bicicleta. Algo me consuela, por que me escucha y dice que me va a ayudar, pero pasa el tiempo y nada mejora. Una golondrina que viene alguna vez me ha dicho que el caballero barbicano no es conde ni merino ni alcaide, que debe ser profesor, que es algo así como los juglares de antes, que eran muy cultos, hablaban hasta latín y contaban historias hermosas haciendo de la fantasía pan y esperanza. Lo malo, me decía, es que ahora mandan en todo unos señores a los que llaman políticos, que no pocas veces desconocen o desatienden el patrimonio cultural de los pueblos y su obligado mantenimiento, así que no me hago ilusiones.
-Pues yo, lechuza, dijo el aguilucho, nunca te voy a olvidar y cuando regrese a mi nido al final de mis vuelos prometo venir a verte.
Por eso siempre, al atardecer, cuando el Sol al final de una dura jornada calcinando los campos y los páramos de Castilla se acuesta acunado por el Pico Curavacas y el Espigüete, si prestáis atención, podréis divisar un águila arrogante sobrevolando la historia de la villa de Aguilar, que se ha hecho piedra y nostalgia en la hermosa iglesia románica de S. Andrés.
Luis Manuel Ruiz Virumbrales
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