La Casa de Palencia

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Apuntes para la "otra" historia de Villada

Amanecía suavemente. La brisa fresca del rocío de la mañana mecía las hojas de los chopos del plantío de Marcelino y el sol, que era un gigantesco balón de color naranja, luchaba por marcar el inicio del día. Este año, siguiendo la costumbre y necesidad de sembrar “a medias”, nos habían cedido la tierra muy lejos, yo creo que era lo último del término municipal de Villada. Bueno, era tan lejos, que bastante antes de llegar al lentejar, finalizaba el camino.

Y allí estábamos. Mi madre nos había levantado con estrellas a los tres hermanos. Hasta el punto que, cuando llegábamos al tajo, todavía era de noche. Todo se ponía cuesta arriba. Había que cargar con la comida, coger el botijo lleno de agua, irse despertando a trompicones por el camino lleno de polvo y no perder el ritmo, agarrados unos a otros, quién sabe si por el miedo que a veces se vivía, el frío que a esas horas hacía, o el calorcillo que la manta negra de mi madre nos daba.

El caso es que la llegada de las primeras luces del alba, cuando todavía brillan los luceros en el cielo de mi pueblo, nos pillaba ya metidos en faena. Momentos, por otra parte, los mejores para arrancar porque no se desgranaba la legumbre, fresca del rocío, y el cuerpo aún aguantaba, ignorante de las horas que tenían que llegar. Llegaban lentamente. Aprendí a calcular la hora por la posición del sol, porque el reloj que llevábamos, el maldito reloj despertador color azul que tocaba diana, nunca alcanzaba las nueve. En eso parecía que se ponía de acuerdo con mi madre. Así que en la cuadrilla cundía el desaliento por la lentitud del reloj, el sol que ya empezaba a picar y las hambres que ya estaban hurgando en el estómago.

A los cuatro nos acompañaba siempre la prima Panina, que en sus vacaciones, se marcaba como prioritaria misión el ayudarnos a “arrancar”. La verdad, que debía disfrutar. Y yo siempre me preguntaba cómo era posible venir de un Madrid a hacer esta labor a Villada en tus días de vacaciones, que no eran un mes, ni mucho menos. Y, además, sin esperar nada a cambio. ¡Vamos, ni una ONG!

Todos con un oído de “tísico”, que decimos en Villada, esperando los pitidos que el bendito “tranvía”, a las nueve en punto, iba expandiendo a su paso por el pueblo todos los días de la semana, con una puntualidad casi inglesa, casi del actual AVE. A las nueve, parada. Un traguillo del botijo que se había dejado bajo los primeros montones arrancados, era el momento de más frescura del agua, y a comer un cacho de pan, del día anterior, con un poco de tortilla, o queso, o chorizo o sardinas en escabeche. Pero ojo, que no era todo para la misma postura. Que esto era como los restaurantes de postín de ahora que te dan la carta con numerosos platos y tienes que repasarla varias veces para descubrir finalmente que es un plato a elegir. Lo mismo, sólo que aquí, recostados en un montón de lentejas, o muelas, o garbanzos, era plato único. Y nos sabía a gloria.
Debo confesar que, a menudo, teníamos postre. Por ejemplo, para llegar a esta tierra del fin del mundo, debíamos pasar por la finca de Primi, antes del puente de los dos ríos, y ahí estaba nuestra frutería. Casi siempre eran ciruelas, claudias o cascabelillos, porque las manzanas estaban un poco verdes aún. Pero también caían algunas, sobre todo las reinetas, que eran las preferidas de mi madre. Y si estábamos por el pago de Villa Blanca, pues lo mismo, aquí había mejor género. Y otras veces, las cerezas de Las Rogelias, por el término de Las Piedras, o ciruelas en Villa Mayor. Estaba claro que no era Mercamadrid, pero como nos costaba tan poco saltar las vallas a esas horas de la madrugada.

Hasta la pasada del “mixto” o el “sangay” aquello se llevaba muy mal. Si te incorporabas, mal .Y si decías que ya no podías más, peor. Y el caso es que de rodillas no te podías poner a arrancar porque mi madre siempre afirmaba que eso era de vagos y, además, así arrancaban los de Cisneros. Y en los momentos más duros siempre exclamaba: Apretar el código, hijos, que es para nosotros. O, mira que si pasa alguien y os ve así. Aquel chiguito que esto os cuenta no entendía que era eso de apretar el código. Y menos comprendía lo de si pasa alguien, porque, por aquellas soledades, por no pasar, no pasaban ni los pájaros. Juan, el hermano pequeño, sí lo tenía más claro. Se sentaba delante de los surcos en el corte que llevaba y hasta aquí habíamos llegao.
Mal que bien, la hora de comer llegaba. La carta ya la conocéis. Añadir algo de cebolla o simples hojas de lechuga sin más aderezo. Y un traguillo de vino con gaseosa. El agua estaba ya como “chichurro” Era el momento de hacer un poco de sombra. Pero en los campos de Villada, en aquellos tiempos, incluso a la sombra se sudaba.

Cuando una familia entraba en esta modalidad de obtención de recursos, es decir, sembrar a medias, cuanto antes se acabara, mejor. Antes se podía ir a buscar un jornal. Razón por la cual se “doblaba”. Es decir, se comía en el tajo y se daba por finalizada la jornada bien entrada la tarde para volver al pueblo casi anochecido. Podéis imaginaros cómo oteábamos el horizonte para buscar a nuestro padre que venía en bici tras salir de la fundición. Era bien recibido porque, si le daba tiempo, traía pan del día y unas onzas de chocolate para que merendáramos.
La cena se presentaba un poco peliaguda. Aunque muchas veces había unos chicharros a los que meter el diente. O se cruzaban unas sardinas fritas en cuyo aceite untabas el pan. La barbada y el congrio quedaban para otros días más señalados.
Luego, hacer una ligera digestión sentados en las “bancas” o los quicios de las puertas con algunos vecinos, los menos “veraneantes”, para tomar un poco el fresco, y a la cama, a dormir.
Nunca me han abandonado estas vivencias. Y así os las cuento.

Cuando terminaba el arranque, venía el respigar. Era otra actividad esencial que contribuía enormemente a llevar la economía de muchas familias villadinas que no teníamos tierras de cultivo. Porque, de esta forma, se podían mantener unas gallinas, que producían unos huevos y abastecían de carne en días señalados, ya que no se podía mantener el lujo de alimentar una gallina que no fuera ponedora. Hasta ahí podíamos llegar! Así que los chavales íbamos por libre, en torno a la carretera de Villelga los de San Fructuoso, a esperar que los dormidos ponedores de mies no se dieran cuenta cuando tirábamos de las mallas para poder hacer los “gallos”. Y se empleaba toda una estrategia para esquilmar a los carros, a los que se esperaban generalmente bajo los puentes, desde los dos ríos hasta el último, el de la huerta de la Simona, ya casi frente al campo de fútbol. Y había algún carretero que se tiraba saltando por encima del par de mulas con la tralla en la mano y nos truncaba la operación. Y ese día el “gallo” era más pequeño.
El que esto escribe, chavalín a principios de los cincuenta, ya se ató una fardela a la cintura, fue merecedor de unas flamantes tijeras y contribuyó a llenar el costal, que estaba hecho de un tejido que duraba más que el saco normal.

Así de sencilla era la historia. Y esta crónica se puede trasladar a muchas de las familias de entonces, de la década de los cincuenta. Todos contribuíamos a hacer la Historia, con mayúsculas, de nuestro pueblo, poblado entonces de muchas gentes dedicadas a la agricultura, pero como jornaleros de notables terratenientes que medían su poder con el número de pares de mulas y criados a su servicio, con salarios, si existían, ínfimos. Por eso era vital buscarse otras fuentes de ingresos. Porque las bocas en el hogar nunca se lograban cerrar. Es curioso. Estoy seguro que más de una vez se ha echado la vista atrás para comprobar lo bien que a los chavalines nos sentaba la dieta impuesta por obligación. Que se ponía en evidencia cuando nos dábamos un remojón en El Tojo o en alguna noria. No recuerdo ningún caso de obesidad entre nosotros.

Bajo el cobijo de San Fructuoso, allí donde Villada dicen los historiadores que tiene su origen, los días se sucedían sin grandes sobresaltos. Desde mi posición de monagillo, asistía a los eventos sociales que la vida o la muerte marcaban. Ahora, he sido testigo de la restauración felizmente terminada gracias a la contribución de muchos y la confianza que se depositó en D. Juan.
Todavía pude asistir al gran esplendor que Villada vivió en los arranques de los sesenta. Por ejemplo, en las ferias. A pesar que siempre oías a los mayores decir que las anteriores fueron mejores, a la chiquillería nos encantaba ir a la plaza del Mercado para comprobar cómo Paco Sebas iba poniendo en pie la plaza de toros, y yo volvía a leer, escrito en el costado del almacén de Marcelino, aquello de “para carnes finas, Camisinas. Y para carnes gordas, la señora Alfonsa”, cuando se pegaban los carteles con las corridas y se repartían los programas de mano de los festejos, que siempre terminaban con la traca toda tendida a lo largo de la plaza, en donde se iban clavando los postes de los fuegos artificiales. Cómo nos gustaba correr entre las parejas en el baile en el rincón de Facundo o meternos bajo el tablado que se preparaba para la orquesta. Todos muy felices, hasta el momento de salir el “toro de fuego” del ayuntamiento y buscar el refugio y protección de los mayores.

Ferias en donde los talleres de Villada empezaban a exponer su maquinaria agrícola. Talleres todos de gran raigambre familiar, que fueron pasando de padres a hijos, que tanto peso tuvieron en el desarrollo del pueblo con la creación de puestos de trabajo y la consiguiente retención de la sangría de la emigración, anuncio ésta de peores tiempos que estaban por llegar. Los Tomé, Bueno, Tirso, Aurio. Por cierto. Qué fue de aquel coche tan bonito, de película, con el que se paseaba a las mises por las calles de Villada? Ya tenía mérito el haberle comprado en la Exposición Universal de París. Y el sólo hecho de saber que un villadino había estado en París a mí me llenaba de orgullo y siempre que podía, cuando estaba fuera, lo contaba. Le recuerdo, cada año, abriendo la procesión de San Cristóbal. El caso es que, de paso al mediodía camino de la escuela, no podíamos resistirnos a la tentación de tocar su claxon. El Sr. Aurio, ni salía ya de lo aburrido que le teníamos.

Ferias que se iban revolucionando cuando los críos corríamos a la Plaza para comprobar por nosotros mismos que los “caballitos” estaban montándose procedentes de Sahagún. Siempre había alguna atracción nueva, pero la de las “cadenas” ejercía mucho tirón. El único problema es que había que administrar muy bien la pitanza para que durara los tres días y no tener que ir, como se decía entonces, a “silbar a la vía” o comerte de envidia viendo a otros disfrutar. Lo curioso del tema es que el número de barracas y atracciones servía a la gente mayor para calibrar la categoría, ese año, de las ferias.

Lo mismo que la tirada al plato. Si acudían los campeones nacionales, había un gran nivel. Y si no… qué pasaba? Pues así lo veía este pequeñín, que salía pitando, cuando finalizaba todo, a por los platos que no se habían roto. Al principio los platos se tiraban a mano. Que siempre, no cabe duda, se iban para Garzón y otros amiguetes. Cuando se fue formalizando el concurso alcanzando categoría nacional, se notó que la afición en el pueblo había prendido bien y se incorporaban a las tiradas muchas escopetas locales, que en buena competición iban escalando a excelentes puestos. La competencia con los forasteros era beneficiosa para el espectáculo y esto creaba otra referencia para calificar la feria.

Otro tanto pasaba con el fútbol. Siempre se aspiraba a zurrar la badana al Palencia. Pero, a veces, no se ganaba. Y la culpa la tenía el árbitro, a quien también se le intentaba agredir. Ya entonces el Villada se había ganado justa fama de “leñero”. Y si se obtenía una buena victoria, pues la feria iba bien.

La corrida principal también servía de baremo de la calidad de las fiestas de San Luis. Muchas veces se contó con Marcos de Celis. Que alternaban tardes afortunadas con otras de escándalo. Como el que formó la última vez que apareció en los carteles. Se iba aproximando la hora de la verdad y que el mencionado espada no salía de casa de Facundo. Subía la tensión por momentos, los más osados empezaron a zarandear el " mercedes" del diestro y la guardia civil, ante el cariz que el asunto iba tomando, se desplegó por la plaza a caballo, vergajo en mano. Desde Donato, quien esto os relata, emprendió huída hasta la Soledad, por si las moscas, no fuera a encontrar lo que no había ido a buscar.

Las ferias daban paso a la fiesta de El Triunfo. Cofradía muy importante, pero que la traigo a colación porque ese domingo la plaza mayor se llenaba de los parameses y gallegos, principalmente, que iban en busca de ajustarse para el verano.

Los mercados eran una buena referencia para medir el pulso económico del pueblo. Villada tenía justa fama por sus mercados, concesión que arranca, creo recordar, de los Reyes Católicos. El general se celebraba en la Plaza Mayor y en la Plaza del Mercado recordaréis que se concentraba el de compra-venta de animales, sobre todo, de los empleados en las actividades agrícolas. De todos los “tratantes” Tejerina era, para este pequeño cronista, el más representativo por varias razones: Tenía una gran casa, desarrollaba una fuerte actividad agrícola, vestía de traje a diario y, encima, poseía un señor coche. Además de cuidar, sus criados naturalmente, las cuadras muy bien, era un espectáculo ver desembarcar las caballerías que traía de cualquier parte de España, incluso se decía, de Francia. No le recuerdo con el clásico blusón negro o gris de los comerciantes de Villada, y sí el rostro impasible del auténtico negociador que nada deja traslucir. Vamos, de película de las de antes. Solamente los mejores tratantes gitanos le aguantaban la negociación. Aquellos que, tras terminar los negocios, iban a la calle de los Paños y decían: Arfonsa, anda, ponnos una cazuela de asao, que te lo pagamos.

Antes de finalizar la década de los cincuenta, dejé mi pueblo por motivo de los estudios. En el colegio éramos de todas partes de España, pero principalmente de Castilla y León. Y no había día que no tuviera que salir en defensa del terruño. Exponía las bondades de Villada a todo aquel que quisiera escucharme. Una vez era sobre el número de trenes que pasaban a diario, otra vez sobre la existencia de una fundición, y otra más, de los camiones de pipas que se tostaban en Facundo. Aunque reconozco que, si salía el tema del río, mejor era callarse. Porque es duro de defender la existencia de un río que ya, en su propio nombre, dice que está “sequillo”.

Lo de RENFE estuvo muy bueno. Duró el tema casi un curso. Es que no se creían que pasaban 70 trenes por la estación. Y menos que en Villada se concentraran decenas de trabajadores cambiando las estructuras, cuando lo del SPI. La guinda de la disputa la ponía al decirles que, encima, mi pueblo tenía dos estaciones. Como se diría en la actualidad, es que alucinaban. La renovación del trazado ferroviario presidió una época de gran prosperidad, quizá fue como un Eldorado que se vive una vez y que, al finalizar, deja un vacío muy difícil de llenar. Y yo adornaba la faena con el conocido “chaval, es que no te enteras que sólo hay un Villada y un Madrid”.

Otro tanto ocurría con la fundición, que tan bien conocía. Creo que en estas comarcas de Castilla sólo había dos más: una, en Palencia y otra, en Medina de Rioseco. Y vuelta la burra a los trigos. A algún compañero, que era la primera vez que salía de su pueblo del Páramo, tenía que explicarle qué era un alto horno para poder fundir hierro. Les debía haber puesto en contacto con Bonis, su hermano Julián, Remigio, Jesús, mi hermano Cipri o mi padre, sin ir más lejos. La fundición, desde su puesta en marcha, ocupó un lugar muy destacado en la historia de Villada. Por lo que contribuyó al desarrollo del pueblo y por los puestos de trabajo que siempre aportó esta insólita industria en medio de Tierra de Campos, en esencia cerealista.

Y es que nada mejor que salir de Villada para tomar una perspectiva nueva de su vida social. Villada no era el clásico pueblo agrícola y nada más. Esta visión estaba tan extendida como errónea se demostró. Claro que era un gran centro de producción de cereal y legumbre. Así lo atestiguan los movimientos de sus silos y la actividad de las dos fábricas de harinas. Pero los otros sectores de producción estaban muy bien representados. Los comerciantes de todo género: ultramarinos, panaderías, carnicerías, textil. La construcción, la Cerámica, la fundición, la RENFE, los talleres antes mencionados, los servicios financieros, bares, el tueste de pipas, por no seguir enunciando más, tenían tanto o más peso que la agricultura. Queda como tarea a cumplir hablar de estos aspectos y su influencia en la historia de Villada, porque ahora la visión de este niño no alcanza a más y todo esto es una panorámica que esboza aquel joven que un día salió de su pueblo y que nunca se ha considerado villadino ausente.

La vida ha ido pasando para todos, naturalmente. Pero el peso y la influencia que la educación recibida, tanto en el colegio de las monjas de la Caridad, como después en las escuelas, ha ejercido en el quehacer diario del pueblo y su historia no se pueden pasar por alto. Y no debe dejarse de lado esa mirada de hermandad hacia Argentina, retomando los contactos tan presentes en la historia de Villada. Y las visitas de los “veraneantes”, que cada año volvían a distinguirnos con su presencia, incluso abriendo casa en Villada. Aquellas familias, que antaño denominábamos “pudientes”, que paseaban al atardecer con un estilo que se nos antojaba de capital, las actuaciones de los coros y danzas, pregonando a los cuatro vientos la gran riqueza cultural del pueblo, en fin, tantas y tantas cosas que se quedan en el tintero por falta de tiempo y espacio, pero que contribuyeron a forjar la “otra” historia, más real y humana, de la villa de Villada.

Acacio Sanzo

 
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