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Fontaneda y el pan de Aguilar

Y dijo la poetisa a la asombrada niña:

“¡Mira qué maravilla! Este pueblo está hecho de galleta y los ladrillos de las casas son de harina, agua, azúcar y vainilla, secados con el sol de Castilla.Todo, los cimientos, las paredes, los tejados, huele y sabe a galleta. Por eso, Aguilar no solo es un pueblo para verse sino también para olerse, para paladearse y degustarse.

Y la niña preguntó:

¿Y dónde han encontrado tantas galletas? ¿Dónde va a ser? en los árboles, de sus ramas no penden piñas ni castañas, sino galletas redondas, tostadas y crujientes”

Pero no era verdad, las galletas de Aguilar no crecen en los árboles.
Ya en el siglo XIII, en el año 1274, y no es una errata, en el año 1274 el abad de Santillana del Mar le envía la carta que sigue al abad de Matalebaniega (pueblecito a cinco kilómetros de Aguilar):

“Os arrendamos la iglesia de San Millán del Arco (Matalebaniega), que es cerca de Cillamayor, con todas sus pertenencias y sus dos molinos, con obligación de dar cada año, el último día de agosto, cuarenta modios de pan bien limpio, y tiene que ser según lo hacen en Aguilar de Campoo, la mitad de trigo, la otra mitad de cebada...”.

En Aguilar, desde siempre, cuando las espigas doradas y en sazón se inclinan hacia la tierra recia que hubo que arar y arar, los labradores, que así los llamábamos, segaban con hoces los campos amarillos de trigo y hacían con mimo las gavillas que después en las frescas alboradas acarreaban durante horas y horas a las eras.

Mi vecino Timoteo “Orejas” me decía insistente: chiguito, el secreto del buen cereal es “arar y más arar, que esta tierra dura tiene buen pagar”.

Y luego, en las eras, las vacas arrastraban pacientemente el trillo, dando vueltas y vueltas sin arribar a ninguna parte.

Y después a beldar, a separar el trigo de la paja con la ayuda del viento que sopla, inmisericorde, desde las cumbres heladas de los vecinos Picos de Europa.

Y todos mirando el cielo viendo como el grano caía en vertical y la paja flotaba en el aire.

Luego llegaba la molienda y otra vez vueltas y más vueltas para exprimir el trigo y sacarle el jugo a la tierra .

Y después el torbellino final en las amasadoras, fundido el néctar de la tierra con el agua transparente, cristalina, pura y joven denuestro Pisuerga.

Por fin el tiempo del silencio y la espera; muy lentamente (que ese es el secreto) la blanca masa, el fruto de tanto esfuerzo y tanto desvelo, discurre despacio por el túnel largo, angosto y caliente de los hornos hasta una boca, por donde aparecen, como pequeños soles dorados, las galletas tostadas y crujientes.

Todas, de una en una, perfectamente alineadas cual ejército de querubines se colocan delicadamente en cajas. No yerra el pulso de las casi niñas que se levantaron a las cinco de la mañana; unas venían de al lado del puente romano de Nestar, otras de las barriadas mineras de Barruelo, algunas de Villaescusa al socayo de las Tuerces, y del cañón de Mave, y de tantos y tantos pequeños pueblos....

Y de Aguilar, hormiguero ubérrimo de soles, camiones inmensos repartían el dorado producto por carreteras y caminos a todos los hogares.

Aguilar son sus galletas, igual que sus entrañables iglesias románicas edificadas
con el esfuerzo de los pequeños concejos medievales, que las construyeron durante años y años.

Las iglesias de Matalebaniega, Vallespinoso de Aguilar, Sta.Cecilia, S.Andrés, Gama, Cozuelos... sencillas, austeras y de geometría simple como la de nuestras galletas, pero hermosas como el esfuerzo colectivo que las creó.

Nos arrebatan nuestro patrimonio común, cuyos titulares son los trabajadores de la fábrica, que no son herederos, sino acreedores a su puesto de trabajo ganado día a día con su esfuerzo; ellos son, en las circunstancias actuales que suscitan no pocas incertidumbres y temores, quienes tienen el derecho legítimo de tomar la gran decisión; estoy seguro de que acertarán, pero en todo caso si alguien tiene que equivocarse deben ser ellos.

Luis Manuel Ruiz Virumbrales, aguilarense.

 
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